El día sediento se siente
las horas transcurren
monótonas y continuas
la palabra callada
el alma colgada
en una esquina.
Una mirada furtiva
que atisba un paisaje,
como el día sediento
distante en la lejanía.
Trago saliva.
potroviejo
sábado, 30 de junio de 2007
ESCRIBO

Tiempos de cambio llegan,
solo me enfrento a ellos.
Nace una nueva mañana,
para mi tiempos ciegos.
Escribo con el alma
pero no para los perros,
que hambrientos se tragan
todo lo que cae cerca de ellos.
No digieren las palabras,
ni digieren sentimientos,
solo tragan y tragan
sin saber sacar de aquello,
ni aromas, ni paladares,
solo excrementos.
Escribo para los ojos
que leen siempre atentos,
ni sueños, ni vaguedades,
ni ilusiones, ni tormentos,
tan solo realidades
que cruzan como el viento.
Escribo para las mentes
abiertas a otros cuentos,
que entre líneas y frases
saben entender aquello,
que contienen las palabras
que se encadenan en el verso.
Escribo para el sentido,
sensible del sentimiento,
para aquellos que en silencio
dicen algunas veces,
más que yo en cien versos.
Escribo para ti,
si es que has leído esto,
y al final del poema has encontrado
un sentido a lo aquí expuesto.
Tiempos de cambio llegan,
pero no estoy solo ante ellos,
nace una nueva mañana
y la luz ilumina el cielo.
solo me enfrento a ellos.
Nace una nueva mañana,
para mi tiempos ciegos.
Escribo con el alma
pero no para los perros,
que hambrientos se tragan
todo lo que cae cerca de ellos.
No digieren las palabras,
ni digieren sentimientos,
solo tragan y tragan
sin saber sacar de aquello,
ni aromas, ni paladares,
solo excrementos.
Escribo para los ojos
que leen siempre atentos,
ni sueños, ni vaguedades,
ni ilusiones, ni tormentos,
tan solo realidades
que cruzan como el viento.
Escribo para las mentes
abiertas a otros cuentos,
que entre líneas y frases
saben entender aquello,
que contienen las palabras
que se encadenan en el verso.
Escribo para el sentido,
sensible del sentimiento,
para aquellos que en silencio
dicen algunas veces,
más que yo en cien versos.
Escribo para ti,
si es que has leído esto,
y al final del poema has encontrado
un sentido a lo aquí expuesto.
Tiempos de cambio llegan,
pero no estoy solo ante ellos,
nace una nueva mañana
y la luz ilumina el cielo.
potroviejo
martes, 5 de junio de 2007
CON LOS BRAZOS EN CRUZ
Con los brazos en abierta cruz
respiro el último aire de la noche.
Hace rato que me llama el silencio,
tocando mi hombro agudamente,
como las uñas de un pájaro furtivo.
Frente a mí, luce un foco intenso.
Como en un interrogatorio policial,
¿qué estas haciendo? - me digo.
Mientras, a través de ligeras cortinas,
se filtra la clara e intensa luminaria.
Y no sé que puedo contestarme;
enfrente ya no tengo casi nada:
esa única luz que me deslumbra
y puedo musitar unas palabras:
un posible adiós, o un hasta pronto.
¿Qué puedo hacer con la vida?
Siempre he creído que era mía,
y veo que se me va gastando
como la tierna cera de una vela.
fundida por el calor del tiempo.
He llegado a esta edad algo lejana
donde avisto una borrosa frontera:
el panorama de otra parte de la costa,
al lado de un mar que parecía eterno,
y que he sentido el temor de cruzar.
Al que he temido desde siempre,
aunque me esperaba ahí, paciente,
a que tomara los remos de mi barca,
empujándola a flotar sobre el agua
para tomar el rumbo de las estrellas.
No tengo más recurso que navegar
en ese líquido mar de desencuentros,
donde cada ola es un obstáculo a salvar
esforzado, estando obligado a arribar
a la lejana orilla desolada de la nada.
Estos días he pensado mucho en mi muerte
¿Cómo será? ¿Cómo vendrá? ¿Con qué dolor?
Y me ha suscitado un gesto de indiferencia.
Cuando resuene el bronce de la campana,
ya nada habrá que hacer, y estaré dispuesto.
Hacerse mayor es concebir la evidencia
de un hecho que nos llega con la vida.
Puedo leer en el interior de mi conciencia
que cada ser vivo es un previsto muerto,
desde que le toca la aventura de nacer.
Entretanto, me queda algo que cumplir:
aprovechar la ruda fuerza de mis manos;
continuar en esta labor de esfuerzo vano
para generar, al menos, alguna cosa bella,
que salvar de la voracidad de los gusanos.
Sé que todo suena a demasiado triste;
pero la melancolía me está atacando
hundiendo en mi pecho su agudo sable.
Y es que llevo, estos días, sumergido
en una profunda tristeza insondable.
¿Qué haré con el resto de mi vida?
Hoy me siento un tanto miserable.
He decidido que debo trabajar más,
y llenar mis días con lo mejor hecho,
ya que alcanzar gloria es improbable.
Así, cuando deba, entregaré el pecho
vacío de todo lo que haya generado
y nadie podrá devorar lo ya creado
porque ha salido de mi ser, ya hecho
forjado material, labrado con trabajo.
Lo dejaré en mi testamento emocional,
a mi mujer, hijos, y a mis hermanos
para que recorran, con dedos cariñosos,
las pinceladas que estuvieron trazando
despacio, los ágiles toques de mi mano.
Ese será mi mensaje y legado póstumo:
algunos versos que tengo por aquí,
abandonados sin orden ni concierto;
como estos que escribo a quien quiero
como si siempre lo hubiera deseado.
No deseo ni puedo abrir ahora los ojos,
así que no sé cómo será mi ortografía,
porque escribo al tacto sutil del ensueño.
Creo que ya mi alma no tiene otro dueño
que la inútil desesperanza de esperar.
La puerta de hierro, comienza a cerrarse
con su lento abatir de madera y hierro.
Al fin y al cabo, vivimos en un encierro;
una jaula de pájaros con muchas cosas;
un cofre de recuerdos vitales disecados.
La mente es un secreto rincón privado;
archivo gigante de memorias anidadas.
Un almacén discreto, repleto de objetos,
que ansiamos, obsesivos, conservarlos,
como entierra su hueso cualquier perro.
En un pensar y un existir, desorbitados,
por no saber qué decir en la última hora
en que aceptemos irnos, sin mirar atrás,
admitimos que los objetos sean reunidos
con los que otros dejarán abandonados.
Se esfumarán voces de ajena compañía.
el último autobús, el taxi que iba vacío,
al que paramos para volver a refugiarnos.
El semáforo verde, que aguardábamos
a que nos diera el paso hacia la vida.
Por no saber qué decir, a última hora
en que debamos dejar sin mirar atrás
todo esto que nos ha llenado cada día:
Creo que mi alma no tiene ya otro sueño
que la inútil esperanza de no esperarle.
De todo lo que permite que existamos,
algo habrá, no imagino donde ni cuando,
o a lo que podamos acogernos algún día.
El portal de la vida, acabará por cerrarse
bruscamente, a golpe de madera y hierro.
Pero no poseo la virtud confiada de la fe
ni he regado la otra flor de la esperanza.
Es que tengo el alma yerma de cosechas.
No me punzan el corazón los dolores
remordientes de tener otros amores.
Cómo se puede vivir sometido en porfía
con la tibia creencia de cualquier utopía.
Lo que me inculcaron en el lejano pasado
en este momento no tiene la menos valía,
es un lastre en mi carel que no compensa.
Solo me reitero en un simple pensamiento:
Si no recuerdo nada antes de mi nacimiento,
¿porqué creer que, después, habrá otro día?
De un vacío de consciencia provenimos,
y a un estado de inconsciencia llegaremos.
Cuenta el hoy, y el ahora, este fugaz momento
y siento no tener ganas de escribir con alegría;
pero estoy tratando de no acabar ahogándome
en el oscuro y agitado mar de esta melancolía.
Lo siento, lo siento, de verdad. Lo siento tanto...
Rimbaud
miércoles, 16 de mayo de 2007
TXIKI

Quisiera no tener que llorar, pero no puedo.
Está en mi íntimo deseo pedirte perdón,
por mi forzada condición de verdugo,
besando tu frente agrisada, blanca y dura
y rascando tus tiesas orejas con ternura.
Hoy te he dejado y, hoy, tú a mí me dejas,
tan solo como jamás hubiera esperado.
Antes de apurar las últimas primaveras,
he visto tu lento acabar y, en esa espera,
te consolaba acariciando tu pelo de seda,
que había encanecido, en armonía conmigo.
He cardado la lana gris que te daba abrigo
poniendo entre mis rodillas tu gran cabeza;
refugio habitual en que te has protegido;
lugar donde solías beber de mi cerveza
lamiendo, dócil, la mano que te alimentaba.
Tu nombre ha quedado, mordido en mi alma
sin haber podido anestesiar mi sentimiento.
Torpes y remisos, hemos cubierto la jornada
hasta el lugar de este odiado desencuentro.
Hemos llegado, flaqueando, al aséptico servicio
donde te han puesto a dormir, sin sufrimiento.
No tengo tu correa, ni guardaré otro recuerdo
que la ilusión de tenerte conmigo en un futuro,
en el que imagino caminar para siempre juntos.
Mis manos rozando tu piel, cruzándonos miradas;
yo gritando con voz destemplada y tú, tan terco.
Pastor inquieto, que desplumaba almohadas;
el capricho de la vida, hizo que te ayudara
y, finalmente, has acabado salvándome a mí,
animándome, con juegos apremiantes, a vivir.
No he tenido mejor amigo, rudo, fiel y travieso
compañero, con quien aliviarme del cansancio.
Has sido guardián paciente de todas mis ausencias,
de búsquedas angustiosas e intranquilas esperas,
olfateando anhelante mi regreso y mi presencia.
Estos quince años los has llenado de experiencias,
de divertidos juegos, saltos, cabriolas y carreras.
Celebrando tu regreso o mi llegada,
confidentes, cada cual a su manera,
bebiéndonos una cerveza compartida.
Tu, sorbiéndola con ansia en tu pocillo,
y yo engañando al insomnio como fuera,
escribiéndote algún poemita sencillo.
No volverás a correr para obsequiarme,
llevándome un roto periódico cada día.
o una carta húmeda, arrojada por la verja;
dándome prietos abrazos con tus patazas,
y cien lametones de húmedas querencias.
Se seca el árbol donde buscabas la sombra;
no se agita, inquieta, el agua azul turquesa
con el retemblar saltarín de tu contento.
No rodará el balón de goma de tus juegos,
ni descubrirás, ávido, tesoros en la arena,
pareciendo vivir imaginadas aventuras.
Este año, has sido una reposada figura,
testigo mudo de pequeñas y grandes cosas,
aunque tuvieras la mirada gris opaca y ciega,
dando pausados pasos y atándote a mi mano
por la floja e inútil sujeción de una cadena.
Digo, que hemos compartido nuestras penas.
Hace tiempo que suponía que esto acababa.
Ya estabas, por edad y naturaleza, destinado
a un previsible, inevitable y compasivo final.
Un sacrificio habitual, aunque más acomodado,
en la aséptica y fría sala de una clínica cercana.
Súbitamente, el doméstico candil,
ilumina con imágenes el mediodía.
Veo nacer caballos en malos partos,
asomando las cabezas aún sin crin
por aberturas de fluidos verdosos.
Sobre cuerdas trenzadas y espartos,
meditan algunos hombres piadosos
a la búsqueda de un paraíso sin fin.
Los sonidos de tambores tronantes
nos inquietan, reclamando en su batir
el final que nos aguarda, sin pereza.
Muestra la vida su natural crudeza:
una muchedumbre de oscuro cabello;
insondable arcano de nombres ignorados;
millones de seres, llenos de belleza,
dorando al fuego el don de su sonrisa.
Canta el ruiseñor sonoros trinos de candor.
Un florido naranjo y el reverdecido granado
sustituyen al importante ciprés, tan envarado.
Semillas de aceite de mayo calman mi dolor
y azulados lirios adornan tu eterno descanso.
Perdido en reflexiones, ya sin prisa,
he retirado el ancho platillo de tu ración,
que había dejado olvidado en un rincón.
Entrecierro mis ojos, para tenerte en ellos.
¡Vaya como eras!... Siempre tan tragón,
que has conseguido devorarme el corazón.
Rimbaud
Veo nacer caballos en malos partos,
asomando las cabezas aún sin crin
por aberturas de fluidos verdosos.
Sobre cuerdas trenzadas y espartos,
meditan algunos hombres piadosos
a la búsqueda de un paraíso sin fin.
Los sonidos de tambores tronantes
nos inquietan, reclamando en su batir
el final que nos aguarda, sin pereza.
Muestra la vida su natural crudeza:
una muchedumbre de oscuro cabello;
insondable arcano de nombres ignorados;
millones de seres, llenos de belleza,
dorando al fuego el don de su sonrisa.
Canta el ruiseñor sonoros trinos de candor.
Un florido naranjo y el reverdecido granado
sustituyen al importante ciprés, tan envarado.
Semillas de aceite de mayo calman mi dolor
y azulados lirios adornan tu eterno descanso.
Perdido en reflexiones, ya sin prisa,
he retirado el ancho platillo de tu ración,
que había dejado olvidado en un rincón.
Entrecierro mis ojos, para tenerte en ellos.
¡Vaya como eras!... Siempre tan tragón,
que has conseguido devorarme el corazón.
Rimbaud
domingo, 6 de mayo de 2007
QUEJIDO (Potroviejo)

Quejido soy de ronca furia,
como ruego de quejido doloroso,
mar rabioso sin espuma
por los vientos encrespado orgulloso.
Grito perdido en la llanura,
sin la fuerza de un eco generoso
que, retumbe en paredes
de montañas o de pozos escabrosos.
¿Por qué clamar en el vacío?
¿acaso escucha los trinos el perro?
el canido se lame sus heridas,
yo me curo a fuego y hierro.
como ruego de quejido doloroso,
mar rabioso sin espuma
por los vientos encrespado orgulloso.
Grito perdido en la llanura,
sin la fuerza de un eco generoso
que, retumbe en paredes
de montañas o de pozos escabrosos.
¿Por qué clamar en el vacío?
¿acaso escucha los trinos el perro?
el canido se lame sus heridas,
yo me curo a fuego y hierro.
Potroviejo
jueves, 3 de mayo de 2007
LA MEDIA MANZANA DE ADAN ( Estell )
.jpg)
Casi todo el mundo piensa en la media naranja como compañera natural del hombre. Pero héteme aquí que alguien, con notoria habilidad y agudeza visual, ha descubierto que la verdadera mitad del fruto apetecido por el hombre es la biblica media manzana; tentación y origen de nuestro irresistible e inevitable destino.
Vease la muestra.
martes, 1 de mayo de 2007
CUANDO PASE LA TORMENTA (Potroviejo)
Cuando pase la tormenta
y el cielo se quede abierto;
cuando el campo encharcado
se quede de flores lleno...
Tomaré mi caballo;
partiré a otros encuentros.
Cruzaré los verdes prados
y los viejos senderos.
Paso a paso, avanzando
como si fuese al destierro:
la mirada en el horizonte,
el alma suspensa en el tiempo.
Cuando pase la tormenta
y de azul se llene el cielo,
pensaré en otros rebaños,
pensaré en otros intentos.
Potroviejo
y el cielo se quede abierto;
cuando el campo encharcado
se quede de flores lleno...
Tomaré mi caballo;
partiré a otros encuentros.
Cruzaré los verdes prados
y los viejos senderos.
Paso a paso, avanzando
como si fuese al destierro:
la mirada en el horizonte,
el alma suspensa en el tiempo.
Cuando pase la tormenta
y de azul se llene el cielo,
pensaré en otros rebaños,
pensaré en otros intentos.
Potroviejo
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